Adolescencia mal educada

Muchas veces me he preguntado qué habría sido de mi vida si hubiera sido educada de otro modo, inclusive por otros padres. Y creo que muchos de nosotros nos hemos preguntado alguna vez qué habría pasado si nuestra vida hubiera transcurrido de otra manera, o si el mundo en que nos tocó vivir hubiera sido otro distinto al que fue. Mi adolescencia transcurrió en Uruguay, en los mágicos años sesenta del siglo XX, en medio de una revolución cultural marcada por hechos inauditos para la época, como la invasión en la vida cotidiana de los electrodomésticos, la guerra de Vietnam, los coletazos de la revolución cubana, los Beatles, el realismo del cine italiano, el asesinato de J.F. Kennedy, el mayo francés y la minifalda. En ese entonces, y desde mi incipiente lugar en el mundo, me fue posible observar cómo aquella catarata imparable de hechos inéditos caía haciéndolos impactar brutalmente uno tras otro sobre una sociedad atónita que no encontraba una palabra o un refugio para poder hacerles frente, darles la bienvenida o resguardarse de ellos.
En aquel tiempo que ahora parece tan remoto, los chicos marchábamos al compás de una batuta que nos indicaba indefectiblemente hacia dónde ir. A la distancia, recuerdo (no sin cierta amargura) la robusta presencia de los adultos que tenían la odiosa costumbre de poner bajo la lupa cada uno de nuestros movimientos y hasta parecían adivinar lo que pensábamos con solo mirarnos. Siendo adolescentes en aquel entonces, se nos hacía difícil y desalentador transitar por aquellos senderos donde cada iniciativa que contradijera el statu quo era cuestionada hasta su obligatoria declinación, y cada paso sólo podía ser dado con pies de plomo para evitar el traspié que nos sacara del «buen camino». Asimismo, muchos jóvenes de mi generación supieron romper con las ataduras de aquel sistema opresor (y sufrieron ciertamente las consecuencias). Y a raíz de eso me he preguntado muchas veces si aquella vigilancia extrema pudo haber oficiado en mí (como era posiblemente su intención) de alguna manera como factor de protección ante el riesgo de protagonizar un «desate» demasiado loco.
De todos modos, hasta mediados del siglo XX puede decirse que tanto para los padres como para los docentes profesionales la educación de niños y adolescentes fue una tarea bastante sencilla. Porque el educador, en ese rol actuaba sin tener prácticamente un interlocutor. Su acción educadora consistía en un monólogo autoritario y erudito que el joven educando era obligado a engullir, muchas veces atragantándose y sin llegar a digerirlo correctamente. Pero avanzado el final del siglo, y sin haber existido un hito concreto de cambio (como podría haberlo sido por ejemplo una revolución o un decreto), la gestación de rápidas y radicales transformaciones en la sociedad, la política y la economía hizo que el panorama de la educación tomara otro rumbo. Y éste llevó sin proponérselo a otro hecho singular. Aquellos adultos que habían estado enfrascados en sus mecanismos educacionales de siempre comenzaron un buen día a caer en la cuenta de que su acción educadora ya no tenía en sus destinatarios el eco que solía tener, y aún más, su «poder educador» amenazaba con desaparecer de sus manos. En este proceso, y en un intento desesperado por introducir nuevos lenguajes y técnicas de abordaje que pudieran ser más acordes e igualmente efectivos que los anteriores, se fueron torciendo (y en muchos casos estrechando considerablemente) las vías de comunicación educativa que existían entre adultos, niños y jóvenes. Pero en este sentido solo se atinó a dar «volantazos» sobre caminos pedregosos y resbaladizos, de modo que la tarea educativa comenzó a convertirse en una empresa incierta, fatigante y desalentadora, y por momentos imposible de afrontar.
Tal estado de cosas y la irrupción de la psicología como garante en cierta medida de la salud mental humana, propiciaron la aparición de diversas teorías educacionales con algún un encare novedoso, dando por sentado la conveniencia de un enfoque psicológico centrado en la persona, en reacción a aquel enfoque dictatorial absoluto con el que se había encarado la educación hasta ese momento. Éstas comenzaron a poner énfasis en posibles mecanismos de autogestión educativa, en repudio a la forma dirigida en que se había trabajado hasta aquel entonces. El protagonismo en el proceso educativo buscó ser transferido del docente al educando, poniendo a este último en un privilegiado lugar de soberanía, opuesto radicalmente al de sumisión que lo había mantenido «maniatado» anteriormente. Y para ser coherentes con dicho concepto, la mayoría de las propuestas educacionales se orientaron entonces hacia una considerable disminución de la presencia adulta bajo la sospecha de su posible nocividad, asentada esta en gran parte por el recuerdo ignominioso de la prepotencia que los devenidos ahora educadores habían vivido en su juventud (aunque esta ahora estuviera extinguiéndose rápidamente).
Paralelamente y como consecuencia de lo anterior, se empezó a temer por una ola creciente, y en cierta medida inquietante, de la presencia juvenil en todo tipo de escenarios (aun en los que otrora le estuvieran vedados), por el acceso masivo de los jóvenes a todas las actividades de la vida (casi sin restricción) y simultáneamente a profetizar sobre la necesidad de tomar recaudos para frenar la proliferación de una «juventud perdida». De este modo, lo poco que quedaba de una tecnología educativa basada en la presencia de referentes adultos (aunque fueran absolutistas), comenzó un proceso de franco retroceso, y a desbarrancarse dejando solos a unos pobres muchachos, la mayoría de ellos encandilados por un destello sinigual proveniente de las pantallas electrónicas, obligándolos a bastarse por sus propios medios. Y más tarde, una creciente ola delictiva a nivel mundial, relacionada principalmente con el narcotráfico y el comercio sexual, vino a coronar con «la frutilla de la torta» una situación de negligencia, un abandono educativo que pareciera hacerse cada vez más incontenible e incomprensible para todos.
Pero la empresa educativa debe continuar. Los adultos deben continuar educando a sus niños y jóvenes, aunque tal vez sea el momento oportuno de revisar algunos preceptos básicos. Un adolescente maleducado no es lo mismo que un adolescente que ha sido mal educado. Porque esto depende de la actitud que el mundo adulto haya tenido hacia él. Es decir, dotar a las personas con una buena educación (cosa que no debe confundirse con el contagio de comportamientos amanerados, estandarizados o arbitrarios) depende de la forma responsable y contenedora (o, por el contrario, negligente e indolente) en que los encargados de educar ejerzan su rol.
La adolescencia es sin dudas una etapa tan atribulada como fascinante de nuestra vida, pero que solo cuando llegamos al fin a superarla podemos añorarla con nostalgia. Es una época de turbulencias, de temor, de equivocaciones garrafales, de vergüenza, de vivencias solitarias, euforias enardecidas y epifanías universales. Es la etapa de las teorías fabulosas, de las sinergias ideales, pero también el momento de trabajar para desarrollarse y crecer. Los adultos hoy más que nunca debemos comprender que —aunque el circo social muchas veces nos lo quiera hacer creer— los adolescentes no son nuestros enemigos. Y a diferencia de lo que se consideraba antaño, no es imprescindible mantenerlos bajo un rígido control. Las solicitaciones que los demandan actualmente no deben pasar por un filtro restrictivo como en la antigüedad, sino ser entendidas a través de formas específicas de análisis y encaradas a partir de tomas de decisión surgidas de criterios sólidamente fundados.
Ya no son necesarias la rienda corta o la penitencia para encarrilarlos. Ni siquiera encarrilarlos tiene sentido, ya que se ha revelado que no existe en el mundo una única senda a transitar. Es más, la senda del buen camino ya no está bordeada por aquel paisaje austero y lúgubre de obediencia y resignación, sino que está inscripta en un universo amplio y dentro de circunstancias mucho más variadas y complejas. El mundo del blanco y negro ha pasado a ser a pleno color, y está en los educadores ayudar a las personas a comprender todos sus matices, a elegir cuáles trayectorias nos enriquecen, y a descartar en consecuencia aquellas que no aportan nada a nuestra vida, y sobre todo a no dejarse encandilar.
Nora Sisto
Marzo, 2016