La des-memoria
Uso, descarte y actualización de la memoria humana como aliado del aprendizaje.

La memoria es uno de los atributos que más apreciamos en la capacidad de una computadora. Sin embargo, la memoria humana no es tratada con igual respeto, y ha sido muy vapuleada en las más recientes teorías pedagógicas como recurso efectivo de aprendizaje. En la didáctica actual por ejemplo se tiende a rechazar la memorización de conceptos y procedimientos por suponer esto como un mecanismo repetitivo que podría llevar a exclusivamente al aprendizaje de rutinas y por lo tanto a un continuismo de reglas y preceptos considerados de otra época. Si aprender “de memoria” es bueno o malo ha sido y continúa siendo un tema de discusión frecuente por los docentes. Pero más allá de eso no puede desconocerse que la memoria es una función cerebral indispensable, porque es capaz de sostener nuestras ideas posibilitando su organización en importantes construcciones mentales, además de facilitar nuestro tránsito por la vida. El hecho de tropezar dos (o más) veces con la misma piedra por ejemplo, además de ser un accidente previsible también constituye un hecho antieconómico.
Pero mientras los docentes profesionales se enfrascan en discusiones teóricas sobre este tema, otros por fuera del ámbito educativo capitalizan el poder retentivo de la memoria y lo utilizan en su provecho. Por medio de una acción iterativa que tiene por objeto fijar en nuestro cerebro ideas que tienden a hacernos comprar, los medios de propaganda se apropian de nuestros mecanismos memorísticos y los manipulan a su antojo. De este modo, ideologías interesadas en resultados bien distantes de lo que sería alcanzar un desarrollo humano saludable y productivo, se infiltran en la mente de los individuos anidando en ella con la ayuda del aprendizaje (inconsciente) de una insistente rutina comportamental de estímulo (emocional) y refuerzo (comercial). Bajo ese efecto, los individuos esclavizados bajo su mandato sucumben a formas de “vida” arbitrarias que su capacidad cognitiva disminuida (por la adrede anulación de su vigilancia) no es capaz de analizar y criticar. Esta situación, lejos de ser intrascendente obliga a que, quien se proponga avanzar en su vida (en el sentido de no limitarse a un estancamiento contemplativo u obediente) tenga que hacer el esfuerzo de saltar fuera de ese circuito cerrado para evitar dar vueltas en redondo pasando siempre por el mismo sitio y volviendo a caer en las mismas trampas.
Un hecho importante relacionado con la memoria es el proceso de elaborar mentalmente la ingente cantidad de información que se recibe, si es que se quiere tomar conciencia de la misma. Es decir, la información que recibimos parecería tener que ser dosificada y secuenciada para que podamos procesarla debidamente y así seguir manteniendo un interés en recibirla. En cambio, el exceso de información al que estamos expuestos en la actualidad (muchas veces captada de manera involuntaria) surtida por diversos medios de comunicación que (para su provecho) no nos permiten ni un solo espacio de silencio, evita que por su volumen y su dispersión no tengamos tiempo real para separarla, analizarla, clasificarla y archivarla en nuestro cerebro. Por este motivo, dicha información puede llegar a convertirse en un factor tan perturbador que en lugar de desear mantenerla en su lugar quisiéramos olvidarnos lo más pronto posible de ella. Lejos de estimular la actividad neuronal, una invasión de datos puede producir en su lugar estados de apatía y depresión, poniendo a nuestro cerebro en «punto muerto». Es decir, la forma natural que encuentra nuestro cerebro para preservarse ante la imposibilidad de cumplir con la irritante y hostigadora demanda a que se lo somete es «cerrar» momentáneamente, mediante un blackout.
Pero nuestras funciones intelectuales, por más que respondan a la aptitud biológica y fisiológica de cada uno de nosotros, no están separadas de la cultura. El sociólogo mexicano Roger Bartra (1) ha desarrollado a propósito de esto, un interesante concepto. Según Bartra, el estado de conciencia de un individuo no depende solo de su cerebro biológico, ya que está ligado a la estrecha conexión de éste con una prótesis cultural, una red cultural y social de mecanismos extra-somáticos en estrecha vinculación con él, a la que define como un exocerebro (2). Esta prótesis cultural está formada por el lenguaje, los símbolos, los mitos y en general los saberes de origen y trasmisión cultural, y son instrumentos que nos ayudan a comunicarnos y a entender el universo. También por aquellos artefactos tecnológicos que nos ayudan por ejemplo a recordar (utilizando un disco duro), a calcular (por medio de una calculadora), y también a potenciar o a recuperar capacidades físicas perdidas, como la posibilidad de oír (por un implante coclear) o de desplazarnos (con una prótesis ortopédica). Según Bartra, el hombre y su cerebro en estado de naturaleza no son más que una ficción, y éstos solo han existido en el pensamiento de algunos filósofos. De este modo, la conciencia no se encontraría en la estructura funcional del cerebro, sino que emerge de la interacción de éste con la cultura.
En estos momentos, es de singular importancia tener en cuenta la interacción cada vez más estrecha en que se compromete a nuestro cerebro con los cada vez más afinados y autócratas medios tecnológicos. Aun así, es importante estar alertas de que, como operadores culturales, éstos introducen modificaciones en nuestras operaciones mentales porque dirigen nuestro pensamiento, y esto no puede dejar de ser tenido en cuenta. Dentro de este cuadro, podríamos preguntarnos por ejemplo si una dependencia demasiado pronunciada de nuestro cerebro con respecto a la PC obstaculiza en alguna medida la interiorización del saber, ya que parecería tender a conservar lo conocible siempre fuera de cada persona. Por otra parte, si bien el uso de un artefacto tan difundido como la calculadora vino a subrogar oportunamente el cálculo mental, el espacio liberado dentro del cerebro por esta tecnología ¿ha sido ocupado por alguna nueva capacidad mental? ¿Solo se ha convertido en un espacio inerte? O acaso ¿ha llegado a concretarse como espacio? O inclusive ¿es pertinente insistir en conservar la capacidad neuronal cuando es posible acumular data artificialmente? Igualmente con respecto a la introspección. ¿Es capaz el individuo actual de analizarse (y por lo tanto conocerse) profundamente?
Como educadores deberíamos saber con certeza si esta costumbre cada vez más generalizada de depender de una memoria artificial (como si nuestro «disco duro natural» no tuviera capacidad suficiente) tiende o no a cambiar sustantivamente el desempeño intelectual de las personas. Un docente no puede, a la hora de ejercer sus funciones, desconocer de qué manera el individuo opera en ese momento su pensamiento, y bajo qué condiciones adquiere al mismo tiempo un estado de conciencia. Esto significa que si el enfoque de nuestra pedagogía no es actualizado continuamente, se produce un desfasaje significativo entre aquello que se quiere enseñar y lo que el destinatario realmente aprende. Ahora, aunque se pueda pecar de cierto romanticismo naturalista, parecería que ciertas funciones cerebrales no deberían delegarse en equipos artificiales si se quiere mantener la figura hegemónica del hombre como dominador del mundo en lugar de ser suplantado (como es vaticinado por algunas películas) por una máquina.
Las computadoras son adictivas, así como los maravillosos smartphones que nos brindan la oportunidad de sintetizar en un solo dispositivo las mismas prestaciones de éstas y algunas más. Nos acostumbramos fácilmente a su uso (como una comunión entre yo y mi iphone, por ejemplo) y cuando no podemos disponer de ellos el mundo parece desmoronarse a nuestros pies. La «agenda» tecnológica nos coloca como seres dependientes incapaces de recordar por nosotros mismos una fecha significativa o una cita. El «guardar como» nos invita a desentendernos de lo concretado con anterioridad, permitiéndonos olvidar sin miedo. A su vez, el insistente recordatorio que nos hostiga sin piedad no nos permite olvidar y bloquear (en el sentido psicoanalítico) aquellos recuerdos no deseados.
Pero habituarse a su utilización tiene, además de la extrema dependencia que producen, otros efectos singulares. Debido a su formato funcional, artefactos como las computadoras personales y los teléfonos celulares, podría suponerse que producirían en sus usuarios cierto egocentrismo, ya que a pesar de ser instrumentos concebidos para la comunicación (con otras personas) es mayoritariamente la actitud confesional la que prevalece. Sin embargo podría no ser así. Quien se acostumbra a pasar su tiempo visualizando el mundo a través de una pantalla, se acostumbra a mantener su atención en un foco externo, como si su vida se redujera a espiar por la ventana. Es decir, se aleja de sí mismo.
Si bien la tecnología abre puertas inconmensurables a la cultura, debemos sin embargo caminar (igual que el adolescente ante el abismo de su desconcierto inicial) pisando con precaución y sin otorgar demasiadas cartas de crédito a un proceso nunca antes transitado por nadie, y que hasta dentro de muchísimos años no se sabrá si era realmente conveniente. Por ahora, parecería prudente evitar que algunas de las facultades intelectuales como la capacidad de meditar y la profundización del pensamiento sean por desidia convertidas en productos snob ofrecidos a la venta al público eventual por cursos o seminarios específicos, y tratar de que continúen siendo potencialidades de la mente humana factibles de ser desarrolladas y utilizadas naturalmente por todos.
Nora Sisto
Abril, 2017
( (1) N. 1942
(2) Desarrollado en su libro “Antropología del cerebro: la conciencia y los sistemas simbólicos” (2006).
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