La inoperancia educativa
El desfasaje entre el interés en educar, las propuestas educativas y la realidad social.

Al final de uno de los capítulos de la conocida serie televisiva CSI, el asesino, que no resignándose a haber sido atrapado porque suponía haber cometido un crimen perfecto, pregunta a Grissom con ávida curiosidad «¿en dónde me equivoqué?», y éste con su inmutabilidad de siempre le responde: «en que mataste a dos personas».
Cuando para un individuo su percepción del mundo ha fallado, es posiblemente porque ha fallado su educación. La educación, y en particular la escolarización, es decir el asistir a la escuela y aprender dentro de ella es y seguirá siendo un factor de protección. Más allá de que existan teorías de distinta índole sobre cómo enseñar, el hecho de que el individuo lleve a cabo una parte de su educación dentro de un marco de referencia específicamente escolar tiene sus ventajas. El ambiente escolar aporta un micro-mundo, con una fisonomía reconocible y unas normas particulares que sirven para que a través de la interiorización de ellas el niño (o el adolescente) inmerso dentro de él aprenda a conducirse entre personas. La figura del docente, que resume en sí todo el significado de la autoridad, así como el conglomerado de la población escolar dentro y fuera del aula, significan respectivamente la comunidad próxima al individuo, y el resto del mundo.
La presencia palpable de la diversidad de razas, culturas y creencias a través de la variedad de individuos con los que se debe aprender a convivir diariamente tiene un peso indiscutible. La inevitable vivencia de conflictos y la necesaria resolución de los mismos dentro de un grupo concreto, habilitan el aprendizaje de procedimientos de socialización efectiva. Por eso, quien haya recorrido completamente un proceso escolar, además de estar habilitado para aplicar los conocimientos académicos que pueda haber adquirido, se inviste de una fortaleza asociada a ese proceso, que consiste en dominar una interpretación bastante aproximada del mundo y en ubicarse en un sitio a priori particular de él. Y esto queda unido indisolublemente a un sentimiento de seguridad y de confianza en sí mismo, constituyendo para él un importante factor de desarrollo.
Este factor de fortaleza es invisible y no certificable como lo sería su avance intelectual por ejemplo en lectura o en matemática. Es decir, a pesar de no estar avalado en lo que se refiere a créditos concretos, habilita al individuo de por vida capacitándolo con variados recursos para hacer frente a los problemas de su vida. Pero más aún, porque al haberse sentido parte de ese micro-mundo pasa luego, por un mínimo trámite, a sentirse parte del mundo en que vive. Por ejemplo, al ser exigido a manifestarse en público dentro de un contexto reducido como puede serlo el salón de clase, el chico se ve obligado a perfeccionar su lenguaje de comunicación para exponer sus ideas, favoreciendo de ese modo su habilidad para mantener en el futuro un trato fluido con la gente. La actitud de respeto hacia la autoridad del docente, el aprendizaje de acatar reglas que son explicadas con claridad e impuestas con firmeza lo habilita a responder con criterio justo a las reglas que más tarde le impondrá el gran mundo. Y todas estas son facultades que por el solo hecho de haber sido ya practicadas suficientemente en el ámbito escolar, hacen que el individuo una vez egresado de él pueda «zambullirse» en el espacio público compartido y nadar sin miedo y sin hostilidades como pez en el agua.
Pero también debemos poner atención a otra escolarización, la «escolarización doméstica», que se realiza dentro del ámbito cotidiano donde se vive y se pernocta, y que tiene la posibilidad de aportar un aprendizaje similar al anterior pero enfocado específicamente a la práctica de aquellas pautas normativas que posee, conserva y transmite cada grupo de convivencia. Es en ese otro micro-mundo, el del propio lugar de habitación, donde el individuo también debe por su permanencia en el mismo adaptarse a las condiciones que le impone el contacto diario con sus personas familiares, siendo llevado a modular su comportamiento y a expresarse mediante un lenguaje más íntimo. Este espacio repite en parte el esquema que vive en la escuela, pero se basa en otros condicionamientos y exigencias, principalmente afectivos. Es decir, mientras en el aula se puede en principio aprender a ser un individuo social, en el ámbito intrafamiliar se puede (o no) aprender a ser humano. La acción de estas dos escolarizaciones es complementaria, y tienen la facultad de potenciarse entre sí. Pero si alguna de ellas falla, es inexistente e incluso adversaria, la acción de la otra queda también reducida o invalidada, volviéndose el individuo un ser confundido, posiblemente a-social y humanamente impotente.
Por todo esto, el poder de la escolarización es importante, y es por ese motivo que los gobiernos en los diferentes países no cejan en su intención de educar a sus ciudadanos a través de ella, por lo que bregan por el buen funcionamiento de las escuelas y también por el buen funcionamiento de las familias. Sin embargo, en la actualidad tiene un fuerte y desleal competidor. Se trata del poder comercial, ante el cual fatalmente la escuela y la familia se rinden declarándose ineptas para contrarrestar el condicionamiento consumista que éste produce en los individuos (y en particular en los chicos) con su refuerzo sistemático. No pueden competir. No resulta tan fácil por ejemplo a un sistema educativo nacional convencer a un adolescente de la necesidad de instruirse, como lo es en cambio al sistema comercial convencerlo de que necesita un nuevo Iphone. Porque los efectos inmediatos, que dentro de él pueden ser logrados con el mínimo de esfuerzo (como por ejemplo deslizando una tarjeta de crédito) seducen mucho más contundentemente que los efectos a largos (y vistos como interminables) plazos, como lo sería por ejemplo seguir una carrera universitaria.
Cuando la educación, y en particular el aparato de la educación formal no tiene el suficiente poder de convocatoria y es percibido por sus destinatarios como otro de tantos ámbitos de socialización casual sin una oferta convincente (y por lo tanto desechable), la sociedad se empobrece. Una educación que no educa es una falacia. En países donde las escuelas son mal gestionadas, con docentes poco idóneos o fatigados por un trabajo agobiante y mal remunerado, son mayores los factores de real riesgo que jaquean no solo el proceso educativo en sí mismo sino también el proceso productivo y económico de los mismos. En una escala menor, grupos familiares ineficientes, gestionados por adultos sometidos a largas jornadas de trabajo, con pocas expectativas de superación personal, o por padres atentos a otras solicitaciones, desinteresados en ejercer su paternidad, producen una similar ineficacia del proceso «escolar» de aprendizaje sistemático dentro del hogar, del cual deberían ser responsables.
El término anomia fue introducido por el sociólogo francés Émile Durkheim (1858-1917) para designar la falta de normas o la incapacidad de una estructura social para proveer a los individuos que la integran de todo aquello que necesitan para lograr sus metas. Esta incapacidad de la sociedad de contener a sus individuos para que éstos puedan alcanzar sus propósitos de superación se manifiesta en varios aspectos. Por un lado a través de una pérdida del valor de los fines culturales, haciendo que las personas no tengan ni el deseo ni la esperanza de conquistarlos, y por otro a través de una falta de normas que posibiliten a las personas los medios para acceder a estos fines y al reparto equitativo de éstos. La exclusión de los individuos respecto a los sistemas normativos como la familia, la escuela y el Estado, constituye una situación de negligencia, es decir de violencia por abandono, ya que hace que no se los provea de los medios que estos necesitan para avanzar en la cultura. En países con gobiernos débiles o en aquellos con gran preponderancia del consumismo, este efecto es mayor. El hábito de postergación que el aparato comercial introduce sistemáticamente corrompiendo los fines culturales, distorsionando y confundiendo los conceptos de crecimiento y posesión, anteponiendo el mercantilismo a cualquier otra opción de producción de riqueza que no sea la acumulación de dinero (como podrían serlo la riqueza intelectual o la riqueza afectiva), menoscaba los deseos de superación que como meta en sí misma pueda tener cada individuo y la nación en que habita.
Al enfatizarse sin pausa esa riqueza únicamente como la adquisición y la acumulación de dinero, se llega indefectiblemente a una pobreza de espíritu, y a la larga también a una pobreza de bienes materiales. Porque individuos incultos equivale a individuos irrefrenablemente consumistas. E individuos consumistas implica individuos altamente endeudados, disconformes con su vida actual, e incapaces de actuar para reconducirla o mejorarla. En estos casos, las leyes no tienen una función salvadora ya que ese efecto destructivo se da generalmente amparado por ellas, con la rapacidad de un parásito. No es astuto, por lo tanto esperar una protección que provenga del exterior o librar esa batalla en lo inabarcable de su efecto masivo. La única protección posible solo puede surgir desde la privacidad de cada individuo, es decir introduciendo una educación fuerte en cada una de las mentes acechadas.
Algunas veces, el niño o el adolescente es actor secundario de un sistema escolar que solamente le ofrece un lugar de paso para estar presente y pasar el rato con otros chicos, pero nada más. En estos sistemas desgastados no se hace hincapié en la importancia de superarse aprendiendo, o lo que es peor, se los engaña aceptando sus hábitos y comportamientos sin crítica y sin control alguno. La gran masificación de la población escolar lleva en algunos casos a los gobiernos a tener que intervenir en la gestión de los centros educativos con la intención de neutralizar aquellos efectos nocivos que, debido a esa masificación introducen políticamente dudas sobre su propia gestión en lo concerniente a la calidad de la enseñanza que proveen. Para eso, se recortan los programas curriculares minimizando sus contenidos para que puedan ser dictados por los docentes en su «totalidad». Por otro lado se fuerza a los directores de los colegios a forzar a su vez a los docentes para que permitan pasar de grado a la mayor cantidad de alumnos, con el propósito de que los porcentajes cierren en el balance final, pero ocultando el hecho de que su nivel académico no llega ni lejos a un mínimo de suficiencia. Los docentes por su parte en estos casos límites, optan lamentablemente muchas veces por «dejarlos pasar» de grado aunque no hayan llegado a alcanzar los mínimos requeridos, permitiendo que los chicos avancen en su currículum no porque se hayan superado académicamente sino como una forma de resarcirlos entendiendo que la «culpa» de que no hayan aprendido lo que se esperaba resulta no ser de ellos, sino de su realidad social circunstancial.
También los padres y tutores muchas veces se hacen eco de estas carencias permitiendo que se pase por alto el cometido cultural de la educación. Es así que niños y adolescentes son muchas veces «depositados» en escuelas a las que no se les pide que les enseñen, sino que los tengan a resguardo durante un horario más o menos extenso, convirtiendo de ese modo a la institución escolar en un simple «aguantadero» sin propósitos realmente educativos. De este modo, al cabo de cierto tiempo, un chico que egresa de estas instituciones se «gradúa» obteniendo una acreditación que en general no lo habilita para cursar una educación media o terciaria decorosa, o lo introduce en el mundo laboral con pocas o ninguna herramienta para defenderse. Sería necesario, en este sentido una definición clara de los objetivos de las escuelas, en cuanto a distinguir nítidamente cuándo se está ante una escolarización académica en la que verdaderamente se enseñan contenidos que desarrollan el poder intelectual y cognitivo y preparan para un nivel educativo superior, y cuándo se trata de un subrogante de la cada vez menos eficiente instrucción en el hogar, a través de la cual se deberían entonces enseñar exclusivamente pautas de convivencia.
Nora Sisto
Marzo, 2017