Permiso para conducir(se)

La curiosa analogía entre conducir un automóvil y conducir la propia vida.

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Al asomarse al camino que lo llevará a su adultez, el adolescente se encuentra frente a lugares insospechados por donde podrá transitar. Y aún más, se encuentra ante la maravillosa posibilidad de poder hacerlo tal vez sin la vigilancia, supervisión o permiso    de sus mayores. Bajo esta visión, la perspectiva de la acción se le aparece como un campo amplísimo. Pero ésta tiene sus condiciones.

Uno de los requisitos para andar por la vida es que se necesita tomar decisiones. Como decidir acarrea compromiso con lo decidido y esto se percibe como una carga peligrosa de llevar, el adolescente en un principio lo evita haciendo lo posible por conservar el permiso del adulto que le había sido tan útil en su niñez. Esto es, porque al ser los adultos quienes toman las decisiones, cualquier resultado (sea bueno o malo)  se mantiene en la órbita de éstos. A pesar de que los padres muchas veces se impacientan por esta actitud de sus chicos (la cual estiman como falta de voluntad de crecer), ésta tiene su importancia educativa. Retardar al máximo el asumir  responsabilidades es una estrategia que  también reditúa una enseñanza. Porque permite observar la reacción de los adultos ante el resultado de las decisiones que ellos mismos toman, y a través de esto aprender cómo éstos resuelven sus situaciones críticas, y de paso constatar en qué medida asumen o no sus propias responsabilidades.

Transitar por la vida se asocia corrientemente con otro tránsito, el tránsito vehicular, por lo que en ese punto merece una atención especial la figura del automóvil. Siguiendo la idea que nos trasmitía Marshall McLuhan en su conocido libro “The Medium is the Massage” (1967), la rueda es para el individuo imaginariamente una prolongación de su propio pie.  De acuerdo a esa premisa, todo aquel instrumento mecánico capaz de favorecer su movilidad es el aliado más codiciado del hombre para lograr un aumento significativo de su espectro de acción.

La movilidad es considerada actualmente como uno de los valores estratégicos de nuestra cultura, por lo cual constituye una motivación para que cada individuo tienda a conseguir y usar aquellos mecanismos y artefactos que puedan potenciar su desplazamiento y su  velocidad. Como summum de todos ellos, el automóvil constituye uno de los mayores objetos de culto. Como prolongación (y como símbolo) del propio cuerpo, el automóvil introduce en nuestra vida algo más que un objeto de transporte: es nuestra viva imagen. Considerando que auto-móvil significa literalmente «moverse por sí mismo», este moverse por uno mismo con las implicaciones de ir por donde se quiera y de llegar a donde se desee, tiene un significado emocional de gran peso, porque representa la cristalización de nuestros anhelos. Por eso, el hecho de conducir e inclusive de poseer un automóvil (y preferiblemente de alta gama) es sinónimo  en el imaginario popular de la conquista de la mayor de las ambiciones: ser alguien importante.  Y como este es el objetivo mayor a la hora de aspirar a la adultez, es por ese motivo que una de las principales metas del adolescente al cumplir la mayoría de edad es la de obtener cuanto antes la licencia  de conducir.

Observemos con detenimiento qué amplio es el abanico de significados que tiene el  (aparentemente simple) acto de conducir  un automóvil. La persona que enseñará al aspirante  a conducir es el comienzo de la historia. En esta figura se encierra un personaje de un valor metafórico incalculable: quien enseña a “conducir” es quien enseña a andar por la vida. La institución que librará la libreta de conducir es similar a un superyó institucional que permitirá o vetará las aspiraciones comportamentales del candidato. El otorgamiento final de la licencia de conducir es simbólicamente la habilitación para el tránsito por la vida. Y como remate, quien le entrega las llaves del automóvil es quien confía en su desempeño y en consecuencia lo autoriza (o sea, le confiere autoridad) para ingresar en el mundo adulto. Esta simbología, aparentemente intrascendente, es vivida sin embargo intensamente por el adolescente, que sentirá culminado el proceso de admisión al “gran mundo” cuando comience a mover su vehículo por las calles.

Al considerar al automóvil como un sustituto simbólico de nosotros mismos, la tendencia más probable es entonces la de pretender asociar la propia persona con aquel modelo automotor que mejor nos represente. No en vano las fábricas automotrices llevan a cabo estudios pormenorizados no solo de los motores más potentes, sino de las líneas más sugestivas y lo que la imagen de cada pieza final es capaz de transmitir. Diseños viriles y de gran porte, diseños deportivos, diseños compactos o de ágil movilidad, diseños clásicos o de vanguardia, serán en cada caso los preferidos por cada segmento del público con características propias: el estudiante, el jefe, el ama de casa, el deportista, etc. Como es de esperar entonces, y atendiendo a una demanda interna de prestigio, cada persona busca el vehículo que más atributos pueda exhibir de ella, es decir el mejor modelo. Por ejemplo, un intenso deseo de éxito social nos impele a identificarnos  con las marcas más caras, por lo cual aquellos vehículos inalcanzables  para la mayoría de la gente (que cuenta con un magro poder adquisitivo) tiende generalmente a constituirse en un símbolo de estatus a ser alardeado por solo unos pocos privilegiados, así como una fuente de gran frustración para la mayoría de los otros. De este modo, de igual manera que un artículo que se exhibe en un escaparate, el individuo más demandado relacionalmente no será posiblemente aquel que ostente un crecimiento humano notable sino aquel «modelo más cotizado», el más caro, el que es posible ser adquirido (para abultar a su vez el prestigio de quien lo adquiere) con la  mayor cantidad de dinero.

Un tema muy importante para quienes salen a andar por la vida es el de los accidentes de tránsito. Y es interesante prestar atención a la analogía entre el manejo de  un automóvil y el de la propia persona. Quien se apresura y trata de valerse por sí mismo sin estar debidamente capacitado corre mayor riesgo que aquel que ha tomado con paciencia y esmero las clases correspondientes. Según las encuestas, los accidentes automovilísticos son en muchos países la principal causa de muerte de jóvenes. Ya sea  debido a la imprudencia o a la  inexperiencia juvenil, la inserción en el tránsito vehicular es para los jóvenes –así como para el resto de los ciudadanos– un verdadero factor de riesgo. Chicos inexpertos que salen de un día para otro a la calle a circular, desconociendo o haciendo caso omiso de las señales de tránsito o de las ordenanzas, no solo constituyen factores de inseguridad  para los peatones y demás conductores, sino que muchas veces se convierten en víctimas de su propia imprudencia.

Según los psicólogos, un accidente puede llegar a ser a veces la manifestación de un acto fallido sobrevenido bruscamente por el deseo de  experimentar un cambio. Por ejemplo, la imposibilidad de hacer frente a situaciones domésticas mal gestionadas, en las cuales es percibida la propia impotencia para intervenir activamente, puede llevar a  anhelar fervientemente un cambio que provenga no desde el sí mismo (percibido en ese caso como algo imposible) sino por una transformación  casi mágica de las condiciones externas. Y ese deseo de cambio sumado a la falta de experiencia del conductor, su desestimación del peligro («yo sé lo que hago», «a mí no me va a pasar nada») y su falta de responsabilidad, hace del tránsito callejero de adolescentes y jóvenes uno de los comportamientos de mayor riesgo.

Puede existir también en algún caso una vinculación directa entre un accidente y un intento de suicidio. Sin ser la generalidad, el accidente puede ser la concreción de una intención suicida llevada a cabo por alguien que no llega conscientemente a preparar ese acto. En los casos en que esto sucede, se camufla el acto de autoeliminación con un escenario de siniestralidad a través del cual se tiene la posibilidad de evitar la culpa que pudiera atribuírsele como autor de un suicidio. De esa manera, el protagonista tiene la posibilidad de transformar el indeseado sentimiento negativo que podría despertar en el público en ese caso, convirtiéndolo en un mensaje de  comprensión y empatía. Así, de manera inconsciente (en todas sus acepciones) este logra el deseado cambio, aunque no le sea posible disfrutarlo, a posteriori.

Para quien protagoniza un accidente existe además otra lectura adicional. Más allá de la afortunada oportunidad que pueda tener alguien de salir más o menos ileso de un accidente de tránsito, quien sobrevive a él adquiere el estatus de sujeto heroico, ya que el hecho de haberse mantenido con vida a pesar de las circunstancias es, quiérase o no, una hazaña. Es común ver entre adolescentes el orgullo con que se exhibe una bota de yeso (rubricada alegremente por sus amigos) o unas muletas transitorias, porque esto sirve, a quien en una situación normal pasaría desapercibido, para transformarse de la noche a la mañana en un sujeto popular o en alguna medida admirado por sus pares. De este modo, más allá de la pena o el sufrimiento por alguna lesión recibida, es posible sacar cierto rédito a la infortunada situación,  utilizándola como medio para ser aceptado, consolado o querido por los otros.

El accidente de tránsito puede ser también el desenlace involuntario de un proceso psíquico, es decir la consecuencia nefasta de  un estado anímico. En el caso de los adolescentes, puede deberse al estrés producido por una gestión personal incapaz de abarcar un proceso de desarrollo abrumador saturado de  acontecimientos que no pueden dominar o siquiera protagonizar directamente. (Algo similar puede suceder también en el caso de un adulto). El accidente puede ser considerado en este sentido no como el resultado obvio de conducir un coche con impericia, sino como la colisión del propio individuo con un entorno que lo oprime. Como un choque de él mismo contra una situación de su vida que le ha sido impuesta brutalmente y que aún no ha podido procesar y le produce por esto un estado de confusión inasible. De este modo, la persona involucrada responde a la violencia de su estado actual con otra violencia, un cambio forzado con el que pretende restaurar para su seguridad las condiciones de equilibrio anteriores.  Salir airoso de una situación de este tipo se compara comúnmente con el hecho de «nacer de nuevo». Y nacer de nuevo significa simbólicamente arribar a un cambio.

 

Nora Sisto

Marzo, 2017